Casa Piluca

Casa Piluca: la cocina de siempre
Casa Piluca
Casa Piluca
12 Junio, 2017
Carlos Maribona
En el corazón castizo de Madrid este restaurante mantiene la esencia de las viejas casas de comidas, las que han conservado la identidad de la cocina madrileña.

En el corazón castizo de Madrid, frente a la popular plaza de las Vistillas, a un paso de la catedral de la Almudena y del Palacio Real, Casa Piluca mantiene la esencia de las viejas casas de comidas, esas que han conservado la identidad de la cocina tradicional madrileña incluso en los años en que parecía condenada a desaparecer. Al entrar a su comedor, con las paredes recubiertas de madera, fotografías de visitantes más o menos ilustres, objetos variopintos que van desde trofeos de caza hasta palos para jugar al polo o camisetas de los equipos de fútbol madrileños, repisas llenas de botellas de vino y viejas lámparas de aire elegantón, se tiene la sensación de que el tiempo se ha detenido en este restaurante. Podría pensarse en que es un espacio para los muchos turistas que frecuentan la zona, pero lo que encontramos es fundamentalmente una clientela local que busca una cuidada cocina tradicional, sin sobresaltos, de esa que podríamos llamar confortable, muy centrada en los productos de temporada. Alejandro Jiménez se ocupa de que todo esté en su punto, desde los platos de cuchara que raramente faltan hasta los pescados del día. Y si se tercia, o algún parroquiano lo encarga con antelación, algo de marisco de calidad.

Siguiendo la tradición de esas casas de comidas, la breve carta, apenas una veintena de platos,  está escrita a mano. Y se completa con algunas sugerencias del día que el camarero canta de viva voz. Tienen fama en Casa Piluca los callos y el pastel de puerros, pero el día de nuestra visita no había ninguno de los dos. Tal vez las altas temperaturas que se registraban en Madrid obligaron a cambiar los primeros por alternativas más ligeras. No era desde luego el momento más adecuado para guisos contundentes. Más extraño lo del pastel de puerros. Lo que no faltaba eran los huevos rotos, otra gran especialidad de la casa. Huevos de calidad sobre patatas panaderas, sin más elementos en el plato, muy ricos. De ellos habló muy bien el New York Times en un reportaje sobre Madrid. Merecidamente.

Deberían, eso sí, mejorar la calidad del pan, impropio de esta casa. Probamos la ensaladilla de cangrejo, muy correcta. Nos gustan especialmente las berenjenas fritas, que en lugar de en las habituales rodajas se cortan en tacos gruesos antes de pasar por la sartén. Con un rebozado ligero, sin apenas grasa, resultan muy buenas. Agradables también las habitas salteadas con jamón. El resto de entradas se adaptan más a la temporada veraniega manteniendo la misma línea tradicional: tomate con ventresca, pimientos asados, boquerones en vinagre, salmón ahumado con aguacate o champiñones al ajillo.

Como platos principales solamente dos carnes, o solomillo o entrecot, y cuatro pescados, entre ellos la merluza de anzuelo y el rape, que suelen ser habituales en la carta. El segundo se hace a la bilbaína, un clásico. Como recomendaciones del día, cogote de merluza y bonito con tomate. Optamos por este último, ya en sus primeros días de temporada. Un acierto porque el pescado está muy bien tratado, jugoso y en su punto, y muy lograda la fritada que lo acompaña, con el sabor de esa cocina casera de antes.

A la hora del postre no nos dan muchas opciones. O fruta fresca, o helados, o tarta de queso hecha en la casa. No está nada mal esta última, aunque mejoraría con menos cantidad de coulis de fresa por encima. La bodega es tan tradicional como la comida. Suficiente. Tampoco hace falta más en un sitio como este.

Plaza de Gabriel Miró, 7
28005 Madrid Madrid
España

913 651 269

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